21 agosto, 2014

El capital y la fe (II)

Capítulo 2. Qué le ocurre a Antonio.
        
         Antonio, ¿quién es Antonio? Mejor, preguntémonos ¿quién fue Antonio? Y ¿qué le está pasando?, ¿qué le sucede antes de que suceda algo? ¿Es que presiente una tragedia?
         Cuando Shakespeare comienza la obra, lo primero que sorprende es que Antonio el comerciante, está de pronto triste. Es “tan estúpido que le cuesta reconocerse”. Es que Antonio  ¿está depresivo?  Shakespeare nos cuenta que su tristeza no se debe ni a sus negocios, ni por sus sentimientos amorosos. Se abre la obra al tema de los dos mundos: el de los tristes y el de los dichosos. El de los pesimistas y el de los optimistas. Las dos caras de Jano, dios romano del tiempo pasado y futuro, concebido ahora, como el dios de las dos caras frente a la vida. La alegría de un papagayo mozartiano y la tristeza del amargo vinagre. La papagaya de la felicidad inmortal y la amargura del amargo fruto. Estos ejemplos de Shakespeare solo comenzar la obra, nos dejan gélidos y estupefactos. Pues el ejemplo del pappageno shakesperiano contrapuesto al del amargo vino agrio, supera y trasciende la dicotomía clásica, que aparece a lo largo de la obra, entre el mundo de don Carnaval y el mundo de doña Cuaresma. Y más cuando a continuación, se pone como ejemplo el doble soplo. El soplo como núcleo conceptual del ejemplo. Soplo doblemente entendido: soplo de los vientos y soplo del alma. Puro hálito de mariposa.Tempestad en el mar y pneuma en el mundo. Aliento y Fortuna. Alpha y omega. “Aliento de fiebre de una sopa caliente y ánimo zarandeado por el oleaje”[1]. Ánimus y pneuma. Corazón sanguíneo y espíritu pneumático. Sangre y aire. Corazón y pulmones.
         Antonio se da cuenta de que el valor es relativo. Que el valor de la vida se va en un suspiro, en una ventada puedes caer por la borda y ahogarte en medio del océano.  Antonio es consciente, de que el valor del ánimo se va en un soplo de aire. Que el ánimo es en realidad ligero como el pneuma. No son las mercancías (merchs) del capital, las que preocupan a Antonio, sino la mercys (las gracias) de la vida las que están en juego. El riesgo de la vida, es el riesgo de sus mercancías en alta mar. El peligro del océano es el peligro de la vida. Son las mercancías de la gracia divina, las que quedan aventuradas. Quedan a-la-ventura, como el contrato marítimo de seguros a la gross venture.
         El valor que era cosa fija, que era valor natural siempre el mismo según la naturaleza o esencia de la sustancia aristotélica, queda ahora expuesto a la ventura, al riesgo, a la fortuna. El valor se ha vuelto de repente, ante Antonio, una cosa relativa: “valiendo tanto un poco antes, harán que no valiera nada entonces”.[2] El riesgo como concepto vital, ha hecho estragos en el ánimus del mercader cristiano.
         Pero Antonio, el mercader, es previsor y conoce las leyes de la fortuna y del infortunio comercial y marítimo. Es un mercader consciente de esa situación ontológica del riesgo. Afirma que “doy gracias a la Fortuna, de que mis bienes aventurados no están confiados a una sola nave, ni a un solo lugar, ni mi hacienda entera está puesta al azar del año presente”. [3] Estábamos entonces equivocados. No es por el riesgo marítimo por lo que está triste Antonio. Sabe que el azar existe, y usa sus estrategias para reducir el riesgo. No pone todos los huevos en el mismo nido,ni todo el valor en la misma cesta.

 Las mercancías no dejan de ser bienes aventurados expuestos a la Fortuna. El término Fortuna, viene del latín fortus (fuerza). Y fortus recoge del griego phortus que significa nave de carga, cargamento marítimo. La Fortuna pues, proviene de la mercancía aventurada en la nave expuesta al incierto soplo, al temido oleaje y a las peligrosas rocas.  Pero la bienaventuranza del cristiano, la buena nueva de Jesús, puede verse también comprometida por el azar del kosmos. La Buena Ventura y la Buena Nueva, andan en paralelo en la vida de Antonio, mercader y cristiano.        Del mismo modo, está presente constantemente en la obra el doble juego del seal y el sea: el riesgo del contrato financiero ante el notario que pone su sello y su firma (seal) y el riesgo del comerciante frente a sus naves en el mar (sea). Hay dos contratos con la vida del capital: el financiero y el mercantil. Mercantil es a la vez, el capital pesado del buque mercante cargado de mercancías y el capital comercial, ligero, del intercambio de éstas.    
         Es entonces cuando entra en acción un personaje fundamental: Bassanio. Quien le da un consejo comercial: “pierden los que compran con mucha preocupación” y los que no toman riesgos, no ganan sino que pierden. En la vida, y en la bolsa del capitalista comercial y del capitalista financiero hay que tomar riesgos.  ¿Estará Bassanio empujando a Antonio, a cambiar de vida? ¿A hacer una apuesta vital?
         Es también otro personaje, Graciano, el que nos muestra el cambio de personalidad de Antonio. Pero Graciano, es más severo y directo en su analítica existenciaria. Graciano, en palabras de Bassanio[4], es un personaje feliz, dichoso, liberal, atrevido y desatado. Incluso imprudente y precipitado. Parece ser, un ser jovial. Graciano, es un auténtico carácter sanguíneo y juvenal. Ha asumido la gracia de la dicha, como su nombre indica. Parece ser aquel, que un día fue el propio Antonio. Un cristiano vitalista, lleno de dicha o pleno de gracia.
         Graciano no es ni siquiera el papagayo que se contrapone a lo amargo. Pues en realidad, el papagayo se vuelve amargo y cierta fruta amarga del papagayo  hace volverse a uno, un amargo. Parece que Graciano es otra cosa: es un cristiano embriagado de vino. Su jovialidad y gracia le hacen preferir el vino al vinagre, y lo dulce a lo amargo. Graciano es un hombre de duras palabras, que va al grano. Y así se refleja cuando dice de Antonio que éste “es consciente de que su papel en el mundo, es triste papel”[5]. ¿Qué le ha sucedido a Antonio? Volvemos a preguntar.
         Graciano es más directo. Es un auténtico hijo de Júpiter, del dios jovial. Su filosofía de vida nos dice: “la vejez con alegría es más graciosa[6]. Prefiere degustar vino y calentar su hígado antes que queda con el corazón frío. El hígado es un órgano vital que se contrapone al corazón. Hay enfermedades de hígado y de corazón. Prefiere la sangre como líquido elemental, que el estado de alabastro propio de un hombre de piedra, como un si fuera la del abuelo petrificado. El calor de la sangre y no la fría piedra del anciano, es lo que escoge Graciano, el Joven cristiano de la gracia dionisíaca. No quiere tampoco soñar despierto, ni caer en la ictericia que es la enfermedad de la verdosa y amarillenta bilis del hígado. No es el cloro verde (chlorós griego) ni el chólico bilioso, lo que prefiere Graciano.
         No quiere tampoco ser como aquellos. ¿Quiénes son aquellos? “hombres de cara estancada y cuajada con el fin de revestirse de sabiduría, gravedad y profundo ingenio,…sabios por no decir nada…”[7] Graciano está describiendo a nuestro Quijote cervantino: ser ictericio, de profundo ingenio este hidalgo. Shakespeare pone a Graciano como un personaje que descabalga en un torneo al mismo Don Quijote. Graciano es directo y pese a su gracia, es también perversamente irónico cuando le aconseja a Antonio: “no pesques con cebo de melancolía”. Antonio, no sigas en tu ensimismamiento. No te encierres, no te secretices. Secretizarse uno es como codificarse en leguaje de programación secreta, es como encriptarse (locked). Es hacerse semejante a un trazo característico de Shy-lock. Le decimos también nosotros, lectores de buena fe: ¡no pesques con el pez de la melancolía!
         Graciano incide en la polaridad del comerciante que especula con mercancías de gracia y el filósofo que especula con ideas desgraciadas. Entre los caudales del dinero y los caudales del río. Caudal y cabal. Frente al hombre de la taciturna melancólica, el hombre de risueña cara y charlatán comerciante. El que tiene tratos y el que es intratable. El que contrata con hombres y el que pacta con daimons. El que trafica, realiza tratos (trader) y contratos en la plaza pública del mercado y el que realiza pactos en la oscuridad de la noche. ¿Está Antonio al borde de su conversión particular? Del trato, a la luz del sol en el Rialto, al pacto con la luz de la luna en la oscura habitación. De la luz del mercado, a la oscuridad de la mercaba.
         Solanio, personaje complementario del relato, nos cuenta por primera vez claramente, que “Antonio despidió a Bassanio, con ánimo y lloros…” y que “solo por Bassanio, ama el mundo[8]. Esta frase no podremos dejarla pasar por alto. Pero ahora no. Ahora toca adentrarnos en la idea expresada a continuación por Solanio, uno de los compañeros de Antonio: “vayamos a animarle la melancolía a la que se ha dado[9]. A la melancolía que se ha dado. Ya sabemos lo que le pasa a Antonio: ¡que se ha dado a la Melancolía!
         Otro personaje, Salerio, traerá noticias de Antonio a su amigo Bassanio en casa de Porcia. Se dice otra vez, “que éste está enfermo de ánimo”. Antonio está enfermando su ánimus, a un paso de convertirlo en pneuma. Y el ánimus es el alma de un Iovis, mientras que el pneuma lo es de un Saturnus.





[1] El mercader de Venecia, Acto I, escena I
[2] EMdV Acto I, escena I
[3] EMdV Acto I, escena I
[4] EmdV Acto II
[5] EmdV Acto I, escena I
[6] EmdV Acto I, escena I
[7] EmdV Acto I, escena I
[8] EmdV Acto II, escena 8
[9] EmdV Acto II, escena 8

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